lunes, 28 de marzo de 2011

Dientes.

Frente a la puerta se quedo parada esperando. El suelo temblaba bajo sus pies sin cesar. Trozos de pared caían y rebotaban en el suelo. Trozos del techo. Cada vez más grandes. El temblor aumentaba al paso del tiempo. Las gotas de sudor se mesclaban con los trozos del lugar. A cada segundo la habitación iba desapareciendo. Las pequeñas grietas se convirtieron en enormes agujeros a la nada más profunda. Al final los pasos detrás de la puerta se detuvieron. Ya no había paredes. Ya no había un techo bajo el que protegerse de la lluvia. Ya solo estaba ella parada en una enorme oscuridad, sobre un gran vacío que engullía todo avispo de esperanza que pudiera haber tenido. Aun así llovía, de ningún lado, tan solo llovía. En toda aquella oscuridad solo se veía la puerta frente a ella. Intacta. Imponente. Su mirada se centro en ella, no había nada más que mirar. Lentamente comenzó a abrirse como si una suave brisa la empujara hacia dentro. La oscuridad comenzó a escapar por la pequeña abertura hasta dejar todo completamente iluminado. Las ruinas de lo que había sido una pequeña casa en medio del campo la rodeaban. Trozos de cristal, de los muebles y de fotografías en el suelo hacían de alfombra de bienvenida a quien había abierto la puerta. Aquel que a cada paso que daba el suelo temblaba destruyéndolo todo. Sin poder soportar el poder de su mera presencia la chica cayó de rodillas al suelo sin poder levantar la mirada. Pequeños sollozos fueron creciendo hasta convertirse en verdaderos llantos de dolor e impotencia. Pequeños ríos de lágrimas caían de sus ojos hasta sus rodillas formando pequeños lagos bajo ella en donde se podía ver reflejado el rostro del dolor. El dolor de aquel que ya lo había perdido todo. De quien se daba por vencido. Quien tiraba la toalla.
El suelo comenzó a temblar mientras la gran criatura de imponente armadura se acercaba a ella. En la pequeña rendija del casco se podía apreciar una mueca de superioridad. Se detuvo delante de ella, la sujeto con una mano del cabello y la levanto hasta casi si cabeza. No llegaba a tocar el suelo. El rostro de la niña estaba completamente rojo del dolor que sentía en su cabeza. No tenía fuerzas para oponer resistencia. Su mirada seguía clavada en el suelo. Los ojos se volvieron rojos, se le secaban, no tenía ya más lágrimas que derramar.

-Nadie se escapa pequeña. ¡Nadie!

La niña no respondió. No levanto la mirada.

-¿Crees que no te queda nada? ¿Qué no tienes nada que perder? – Le dijo lentamente sin emoción alguna.

Comenzó a mover su otra mano hasta apoyarla sobre una pequeña rendija en el pecho de su armadura.

-Te mostrare la verdadera desesperación pequeña. – Al acabar esas palabras tiro de la rendija y abrió su coraza.
La niña con la poca fuerza que le quedaba levanto un poco la cabeza para ver en su interior. Sus ojos se abrieron de par en par. Intentaban salirse de su cara. Tanta era la fuerza con la que los abría, tanta era la fuerza con la que gritaba que la criatura comenzó a reír. Al no tener ya lágrimas que derramar, comenzó a llorar sangre, lo cual hizo que la enorme criatura se riera aun mas haciendo que el cadáver dentro de sí se tambaleara. Sam, el niño al que conoció en aquel pueblo, el niño que junto a su familia le dio un techo bajo el que dormir durante todo este tiempo se encontraba ahí dentro. Destrozado. Apenas se le podía reconocer si no fuera por la pequeña cruz que colgaba de su estrujado cuello. No, se dijo a sí misma, ese no es él, ya no. Aquel era el fruto de su irresponsabilidad. Sabía que no la dejarían huir así sin más. Sabía que la buscarían. Sabía que esto pasaría. Fue estúpida al creer que aquella paz de la que disfruto duraría para siempre, que no la encontrarían. Siempre lo hacen. Sin descanso. Todo esto no era culpa de ellos. Todo el caos y muerte que ahora les rodeaban, todas esas torres de humo que cubrían el cielo no es culpa de ellos. Era su culpa. Ella los había traído hasta aquí. Ella hizo que los mataran. La verdadera cara de la desesperación estaba reflejada ahora en su rostro.

-¿Le habías ayudado a escapar verdad? Muy noble de tu parte, aunque desafortunadamente para el no salió bien. Si hubieras visto su rostro al vernos tras de sí, al ver cómo le rodeamos… Qué bien nos lo pasamos con él. Esas lágrimas, esos gritos de socorro. Si vieras como movía su cuerpo mientras le comíamos, como el hilo de su voz se iba apagando poco a poco a medida que nuestros dientes se clavaban en su tierna carne... – Se detuvo al sentir como le temblaba la mano. - ¿Tiemblas pequeña? Está bien, deberías. Lo que te espera a ti será mucho peor en cuanto lleguemos. Y pensar que eras su preferida.

El temblor se extendió a su brazo. La pequeña temblaba fuertemente mientras seguía sujeta sobre el suelo. Su mirada estaba clavada en los restos de la cara de aquel niño.

-¿Qué crees que haces niña? – Le pregunto. Al acabar de hablar el temblor avanzo y le recorrió todo su cuerpo. Apoyo a la niña en el suelo. Ya no podía mantenerla en el aire. Le pesaba demasiado. La soltó y cayó al suelo de rodillas. Apoyo las manos para sujetarse aplastando los vidrios de las ventanas. Le sangraron las manos, pero no mostro atisbo de dolor. Seguía temblando, y con ella todo a su alrededor.
La criatura retrocedió varios pasos hacia atrás sin comprender lo que pasaba. Al dar un cuarto paso, la niña levanto la mirada hacia él, sujeto un gran trozo de cristal y salto hacia él. Puso los brazos delante para defenderse. Inútilmente. Los atravesó con el cristal haciéndolos caer a sus pies. No tuvo tiempo a gritar por el dolor de sus brazos perdidos, su rostro fue atravesado por el cristal atravesándole hasta salir por la parte de atrás de la cabeza. Lo último que vio fueron los ojos de la niña. Aquellos no eran sus ojos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Noche ajetreada.

Pistola en mano se adentro en la selva de cortinas que había en la azotea de aquel edificio en pleno centro de la ciudad. La Luna era la única testigo de todo lo que esa noche sucedería, y la única que sabía con certeza que seguiría ahí cuando todo acabara.
Apartando con la mano libre las telas colgadas en las cuerdas para poder avanzar lentamente sin ser oído se acerco a un hombre que se fumaba un cigarro admirando las luces de la ciudad que él creía que decían al cielo “Estamos vivos” cuando realmente le intentaban avisar de su inminente final. Solo se percato de aquello en cuanto vio su propio rostro reflejado en la hoja del cuchillo que le atravesó el pecho antes de caer al suelo y dar un último vistazo a aquellas luces que se evaporaban como arena en el aire.
Con un suave movimiento, saco el cuchillo del cuerpo de la víctima y se volvió a internar entre las cortinas. Limpio el cuchillo en una de ellas, lo guardo a la altura de la cadera y prosiguió su camino lentamente. Al oír el ruido de una puerta abrirse, se agacho y echo un vistazo al frente para ver de dónde provenía. Un hombre de altura media y con gafas había salido a tomar el aire acompañado de un hombre de piel oscura y barba. Ambos se acercaron a la barandilla de la derecha y comenzaron a hablar en un idioma el cual él no entendía. Estaban tan inmersos en aquella conversación que no se dieron cuenta de nada. Lentamente se había acercado por detrás y con sutileza apunto a la cabeza de uno de ellos y disparo esparciendo sus restos sobre el rostro de su amigo quien sin llegar a entender nada de todo ellos cayo al vacio con una bala que había entrado por la mejilla y se había quedado en su cerebro.

Él tenía claro que todos ellos merecían pagar por lo que habían hecho, ninguno de ellos merecían el perdón, y sabia que la justicia de la ciudad no era capaz de ello, solo su propia justicia era digna de estos hombres.

Comprobó el arma y se adentro en el edificio. Bajo las escaleras en plena oscuridad hasta llegar a un largo pasillo. Tan solo unas luces que apenas alumbraban le dejaban ver las seis puertas que habían en el. En una de ellas se encontraba aquel a quien buscaba, y una vez acabado, todo podría seguir su rumbo.
Avanzo lentamente intentando oír algo que le condujera hacia donde se encontrara su objetivo. No fue muy difícil oír la televisión que venía de la tercera puerta. Se acerco y se coloco a su lado esperando encontrar el momento oportuno para entrar. Se oían las voces que le eran familiares, era un anuncio de detergentes, se encontraban en los anuncios. Esperaría a que acabasen y aprovechando el aumento de atención al programa, entraría y acabaría con todo esto. Segundos más tarde los anuncios terminaron y en un suspiro se puso delante de la puerta y la derribo de una patada. Antes que el que se encontraba dentro pudiese asimilarlo, el ya se encontraba a dos pasos de él con la pistola apuntándole a la cabeza. En la cara del dueño del apartamento se podía ver como sus ojos se habían abierto enormemente indicando que reconocía a su agresor, cosa que noto y sintió cierto agradecimiento a no haber sido olvidado como si no hubiera sido importante nada de lo sucedido hasta la fecha. Mantuvo la respiración y afirmo el pulso mientras seguía apuntando hacia su cabeza mientras se oían los llantos y lamentos del hombre que se encontraba sentado en aquel sofá descolorido. Su voz le producía un dolor insoportable en todo su ser que le hacía recordar el por qué se encontraba allí en ese momento, y no era algo que le gustase mucho recordar, eso le enfureció aun mas y comenzó a gritarle con todas sus fuerzas, desahogándose de tanto sufrimiento acumulado que el pelo se le acabo soltando de la horquilla y le recorrió la espalda.

Ella miro por última vez al hombre que acabo con la vida de su esposo y con una lagrima cayendo por su mejilla, disparo una bala cargada de dolor y que esperaba, le traería la paz tras la venganza que tanto anhelaba. El silbido de la bala al atravesar el silenciador fue lo último que aquel hombre oyó antes de caerse del sofá para nunca más volver a levantarse.

Ella desapareció en la noche, y para cuando encontraron los cuerpos, la única que quedo junto a ellos, fue la luz de la Luna.

Entrada.

Hay cosas las cuales se le ocultan, o mejor dicho, se le intentan ocultar a un niño desde que nace hasta que llega a la edad en que es capaz de asimilarlo y llegar a entender el por qué de tales acciones. Todo esto se hace por su propio bien, un bien que le protegerá durante la etapa más vulnerable de toda su vida. A pesar de todo esto, no siempre es la misma familia de estos la que les hace sabedores de tales cosas. A veces son otros los cuales hasta ese momento no conocía, y el hecho de que no hayan sido aquellos en quienes tanto confiaba y a quienes tanto amaba les crea un dolor tan profundo en sus corazones que les dejara una herida durante mucho tiempo. Hay quienes consiguen entenderlo en poco tiempo y perdonan. También los hay quienes no lo hacen en el momento, si no que ser dan cuenta de cuan duro fue el ocultárselo en el momento de hacérselo a sus propios hijos y aunque tarde para algunos, consiguen perdonar. Por ultimo están aquellos que nunca perdonan, aquellos que mantienen una enorme herida abierta en lo más profundo de sus corazones, una herida que nunca cierra creando un odio hacia todos tan grande que proclama una venganza ya no solo contra quienes les ocultaron tan importantes verdades, si no también contra los mismísimos dioses quienes permitieron tales actos.

Hay verdades que es mejor no saber cuando no se está preparado, aunque eso signifique nunca llegar a saberlas.

domingo, 16 de enero de 2011

Zombis.

Se despertó cansado. Dio su primera respiración del día cuando sintió el frescor del aire húmedo por la lluvia de la noche anterior en sus pulmones. Por las paredes de la antigua cabaña de madera en la que se encontraba se notaban aun los restos del rocío mañanero que tan normal era en aquella zona. Todo estaba tranquilo allí dentro. No podía ver lo que ocurría fuera. Las ventanas estaban completamente empañadas por la diferencia de temperatura entre fuera y dentro de la cabaña. Aun tenía legañas en los ojos que se quito con la manga de su abrigo. Estaba bañado en sudor, llevaba varios días con la misma ropa y nunca se la quitaba. No sabía cuando tendría que abandonar el lugar por algún inminente ataque y sabia que solo tenía lo que llevaba encima, si lo perdía sus oportunidades de escapar serian prácticamente nulas. Ya se había acostumbrado a su olor, el de fuera era otra historia.

Se levanto y busco en los muebles de la cocina alguna lata con algo de comida. Había pasado ya mucho tiempo desde que todo empezó, toda la comida se había echado a perder salvo las enlatadas. Las latas se mantenían en perfecto estado mientras permanecieran cerradas y su fecha de caducidad era muy alentadora. Aun así algún día se acabaría por echar a perder. Pero se decía así mismo que sería en un futuro bastante lejano, y para entonces esperaba que todo se hubiera arreglado.
Encontró una lata de melocotones en almíbar en uno de los estantes detrás de una caja de cereales con no muy buen aspecto. Abrió la lata con un cuchillo que había en uno de los cajones, la abrió con mucha delicadeza, los miro con ojos vidriosos llenos de esperanza y lentamente se los fue comiendo deleitándose con cada hermosa sensación que le daba aquel sabor a fruta fresca. Hacía ya dos días que no comía y esto le resulto el paraíso. No dejo ni el líquido en el que nadaban, se lo bebió todo. Maldijo el no poder comer el metal de la lata. El mundo estaba lleno de metal ya inservible y no de comida. La única comida estaba oculta, ya fuera en latas o como él en una cabaña, solo que la segunda no era para él, si no
para los que se encontraban fuera. En cierto sentido le hizo gracia. El buscaba comida enlatada y ellos también, solo que sus latas eran cabañas o casas y traían muchas más comida consigo.

Acabo por sacarse los restos de las legañas que aún le quedaban en los ojos y noto que una línea le recorría la mejilla desde los ojos hasta la barbilla. Una línea que atravesaba su sucio rostro dejando ver la piel en su verdadero color. Aun no había superado todo aquello, aun lloraba por las noches, inconscientemente, pero lloraba. Estaba claro que aun no lo había superado del todo.

Lentamente recogió todas sus cosas, que no eran muchas. Solo tenía la ropa que llevaba puesta que le ayudaba a mantenerse caliente en esta época de frio y lluvias, su cartera con un ya inservible dinero y la foto de él con su esposa e hijos, el cuchillo que encontró para abrir la lata y una pequeña linterna de mano que se estaba quedando ya sin pilas. Tardo unos segundos en poner en marcha su mente convenciéndola de que debía hacerlo y abrió la puerta.
Fuera era todo tal cual lo dejo el día anterior. Se encontraba en medio de un bosque con un pequeño lago a su derecha y la carretera a unos pocos kilómetros a la izquierda. El coche del dueño de aquella cabaña aun estaba allí pero no funcionaba. Se había pasado la tarde anterior intentando ponerlo en marcha, pero no tenía ni idea de cómo. Fue en ese momento en el que se arrepintió de no haber hecho caso a su padre y quedarse con el taller en vez de irse a la ciudad a estudiar abogacía. Escucho la voz de su padre diciéndole “Te lo dije”, cosa que le hizo crear una pequeña sonrisa sarcástica en su rostro.

Se cercioro de que no había ninguno de aquellos cadáveres ambulantes por la zona y comenzó a andar hacia la carretera. Hace un tiempo no lo habría notado, pero con todo lo sucedido desde que todo esto empezó, ya podía oírles a cierta distancia. Eran bastante torpes y hacían demasiado ruido al caminar, al menos los que aún conservaban las piernas, los que no eran otro cantar.

Llegando a la carretera escucho ruidos de motor. De motos se decía a sí mismo. Se acerco un poco y se escondió tras unos arbustos. Era bueno oír que aun quedaban personas vidas a parte de él, pero debía ser cauteloso.
Cuando todo comenzó, la gente perdió el control. Se formaban bandas y asaltaban las tiendas. Mataban por un trozo de pan. El caos se apodero de las calles, se mataban los unos a los otros, bandas contra bandas. Esto sin contar cuando se mataban entre sus propios miembros. La gente se escondía en sus casas con miedo a salir. Ya tenían suficiente con que los muertos se levantasen y mataran a todo aquel que alcanzaban como para encima tener que preocuparse también de los supervivientes. Y esto acabo en poco tiempo. Esto era como aquella frase del lejano oeste: “Aquí solo hay sitio uno de nosotros dos”. Los zombis tomaron estas palabras como un testamento de la biblia y acabaron con las bandas y con todo aquel que se interpuso delante. La policía no
supo que hacer frente a todo esto, no estaban preparados y cayeron fácilmente. Algunos se atrincheraron en sus propios cuarteles y aguantaron varios días. Pero finalmente cayeron. Estaban encerrados como sardinas en su lata. No se podía resistir durante mucho tiempo el asalto de los muertos. Ellos nunca descansaban, nunca cesaban, siempre eran más y más.
En las grandes ciudades se refugiaron todos cuantos pudieron con la esperanza de que el ejercito les ayudaría a mantenerse vivos. Y así fue al menos durante los primeros meses. La calma llego a las ciudades, los militares conseguían protegerles. Pero todo acabo. Una madre no puede negarse a su hijo, un hombre no puede olvidar a su esposa, o amigos. Nunca se sabrá, pero de algún modo uno de los caminantes consiguió atravesar el
perímetro. No importa cuán grande sea la cantidad de gente que forme el grupo de refugiados, con que solo uno de estos consiguiera entrar todo se acababa. Este mordía a uno y este otro a otro hasta acabar con todos en cuestión de horas. La ciudad se convirtió en un ejército de muertos vivientes que mataban a cualquiera que se internase en ella en busca de protección. De este modo cayeron cientos de personas. La ciudad había sucumbido a ellos, pero no la señal de radio que prometía protección y comida, una trampa mortal.

No podía dejarse ver por aquellos hombres hasta estar seguro de que no eran un peligro para su seguridad, así que los siguió durante un rato para asegurarse de que eran gente de fiar.

Una vez llegada la noche y haber visto durante el día que eran buena gente, decidió ir a dormir y acercarse a ellos por la mañana. A pesar de costarle horrores, consiguió cerrar los ojos y dormir. Nada de lo que vio en sueños es merecedor de ser relatado.

Se despertó con la cabeza mojada por el césped en el que se encontraba. Las hojas del árbol bajo el que dormía le habían despertado al caer sobre su cara. Se levanto y decidió acercarse a ver si aquellas personas habían despertado también y presentarse. Cuando dio el primer paso oyó una rama romperse cerca de donde se encontraba. Luego otra se unió y otra a esta y así se formo una tétrica melodía de pasos a la que se le sumaron un coro de ruidos prevenientes de las gargantas ya secas del grupo de muertos que apareció por su derecha. Pero no parecían haber caído en su presencia. Pasaron cerca de él mientras se escondía detrás del árbol y miro hacia donde se dirigían. Al verlo se llevo un susto de muerte. El grupo de hombres habían encendido la pequeña hoguera que apagaron por la noche. Ahora de día, el humo se veía desde más lejos y había llamado la atención de varios caminantes que se acercaban hacia ellos a paso ligero.
Cuando volvió en si ya se encontraban lejos, a pocos metros del campamento que aquellas personas habían montado. Intento gritar pero ya era tarde. El grito de una de las mujeres del grupo se le adelanto. Uno de los muertos le había mordido en la pierna haciéndola gritar de dolor. El grito despertó a todos los demás hasta acabar silenciado cuando otro de los muertos le dio un fuerte mordisco en la garganta haciéndola callar para siempre.

Los demás se levantaron rápidamente y recogieron sus armas mientras la chica era devorada sin piedad. Todos menos uno de ellos que se mantuvo de rodillas frente a aquel horrible acto con las manos en su cabeza y los ojos clavados en la cara de la chica, ojos que se cerraron cuando tres muertos se le echaron encima. Ni siquiera grito.

Los demás comenzaron a disparar contra ellos mientras lanzaban gritos e insultos hacia todos ellos por haber matado a sus amigos. Estaban tan fuera de sí que no apuntaban bien y los zombis no caían. No conseguían dar en sus cabezas haciendo solo que se enfurecieran más y más. Finalmente acabaron sin munición y comenzaron a correr intentando salvar sus vidas. Uno consiguió huir mientras los otros eran frenados por la espalda mientras una mano semi-deshuesada les sujetaba fuertemente por la ropa y los tiraba hacia atrás para darse un festín.

Mientras todo esto sucedía el se encontraba mirando todo aquello desde la copa del árbol bajo el que paso la noche. Se sentía impotente ante tal situación. Hubiera querido hacer algo, pero sabía que era un suicidio. En cuanto todo se tranquilizo y los muertos volvieron por donde vinieron dejando tras de sí tan solo los restos de las tiendas y los restos de una de las chicas que acabo tan mutilada que no consiguió volver de la muerte.
Reviso el campamento en busca de algún resto de alimento como un ave de rapiña rebusca en los restos de un animal muerto. No consiguió nada y decidió irse de allí lo más rápido que pudo. Le daba nauseas permanecer más tiempo allí.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El artefacto 2,19.

Sin demasiado tiempo para pensar, decidí correr en la dirección en la que nos señalo el hombre. Lia y Tosar se me unieron tardando un par de segundos en reaccionar.

-¡Ya podrías haber avisado de que saldrías corriendo! – Me grito Tosar.

Corrimos durante un buen rato hasta encontrarnos con dos caballos por el camino.

-Esto no pinta nada bien. Miren bien. – Señalo las sillas. Ambas estaban manchadas de sangre.

-Ya han empezado. – Dije en voz baja. – Debemos apurarnos. Montemos.

Cabalgamos lo más rápido que podíamos. Por el camino nos encontramos varios cadáveres calcinados. El Vado parecía no haber esperado y les embosco en el camino. Y por lo visto muchos no consiguieron escapar.
Seguimos por el camino de cenizas hasta dar con una cueva que se metía por la montaña. No era muy grande, así que debieron de haberse metido por aquí dentro, el Vado no podría seguirles.

Por muy raro que parecíera, la cueva no estaba a oscuras. En vez de rocas y tierra, las paredes estaban recubiertas de raros cristales que iluminaban todo el camino dejando ver varios cadáveres en el suelo.

-Cristales de fuego. – Nos dijo Lia mientras tocaba las paredes. – El fuego del Vado los debe de haber encendido. Había leído sobre ellos, pero nunca había visto uno. – Acabo de hablar y se puso a tocarlos. Encontró uno medio suelto, lo arranco de la pared y se lo guardo.

-¿Hacia dónde llevara este túnel? – Pregunto Tosar mirando en todas direcciones.

- Hacia el peor lugar de todos. – Le respondió. – La guarida del Vado. Con suerte aun seguirán vivos unos pocos.

No dije nada, no sabía que decir. Continuamos avanzando. Los cristales comenzaban a apagarse, los de la entrada ya estaban a oscuras.
Caminamos hasta dar con el final del túnel. Al salir de él nos encontramos en una sala inmensa. No alcanzamos a ver el techo.

-¿Cómo es posible que algo así exista? – Pregunto Tosar mientras miraba hacia arriba.

-El mismo Vado lo crea. Con su llama derrite la montaña por dentro dejándola casi hueca, nada más que una carcasa vacía. – Explico Lia.

-¿Y donde esta? – Intervine. – Donde están todos más bien.

No había ni rastro de nadie, solo estábamos nosotros.

-¿Mas humanos en mis aposentos?- Se oyó una voz resonar en todo el lugar. Los tres nos miramos con cierta sorpresa al oírla. No sabíamos de donde provenía. - ¿Acaso pertenecen al grupo de antes? No…Son distintos, diferentes de aquellos otros… Lo noto.

-Es él, el Vado. – Dijo Lia mirando hacia delante.

-Muy perspicaz jovencita – Apareció un hombre negro con ropas extrañas.

-¿No se supone que es como un dragón? – Pregunto Tosar.

-Y lo es – Respondió Lia. – Lo que vemos no es el Vado, si no una imagen que el proyecta en nuestras mentes.

-Veo que has hecho los deberes, me asombras. En efecto, este no es mi cuerpo. Me mostraría si fueran solo ustedes dos, pero no veo buenas intenciones en la mente de la chiquilla.

Tosar y yo miramos a Lia quien mantenía un rostro de furia.

-No sé de que hablas.- Le dijo a regañadientes.

-Pues deberías, esta todo en tu mente. – La señalo. – Yo veo todo lo que habita en ella, y la tuya es como un coctel de malos momentos y errores que no te has perdonado. ¿O me equivoco? – Aquel hombre de piel oscura ya no estaba, ahora veíamos a una hermosa mujer con una mirada de ternura que hacia caer varias lagrimas por el suave rostro de Lia.

-Esa no eres tú… - Dijo entre lágrimas.

-¿Querías salvarla verdad? – Le dijo la mujer.

-¡Claro que quería! ¿Qué clase de hija seria entonces? – Le grito a todo pulmón salpicando el suelo con sus lágrimas.

-¿Y qué te lo impidió? – Insistió – No hiciste nada, huiste, la dejaste atrás.

No dijimos nada.

-No podía… ¡No podía hacer nada! Era muy pequeña…Tenía mucho miedo… -Acabo hablando en voz baja.

-¿Muy pequeña? – La mujer se esfumo para dar paso a la imagen de un niño rubio de ojos pequeños. - ¿Acaso te has olvidado de el? Te ofreció su casa, su familia te acogió y te cuido durante un tiempo. – Su rostro empezó a sangrar y una gran herida le recorrió la cabeza. – ¿Y así se lo pagaste? Volviste a huir cuando ellos más te necesitaban.

-Eran demasiados… No… No podía… - Seguía llorando con el rostro empapado en lágrimas.

-Siempre buscas lo mejor para ti olvidándote de los demás, así es como eres, ¿No? – Apareció un anciano al lado del niño herido. – Te dio de comer lo poco que le quedaba a pesar de que llevaba días sin comer y tu lo dejaste ser devorado por los demonios. – El anciano empezó a sangrar por todo su cuerpo y marcas de mordiscos se le aparecieron.

-Le dije… Le dije que huyera… Pero… No pudo, no pudo… escapar…

-Ya sabias usar tus poderes, ¿Por qué no los usaste para salvarle?

-Había atraído a mas… hubiéramos muerto los dos… - Al acabar de hablar aun movía los labios diciendo cosas para sí misma.

-Eso no lo sabes. Pudiste haberle salvado si hubieras querido. ¿Y qué hay de él? – Apareció en frente de los otros dos un joven apuesto de pelo oscuro corto y ojos marrones.

Lia se quedo sin habla, su rostro se quedo pálido al verle, su mirada se quedo fija en el sin parpadear. Se paralizo.

-Él pensaba que le querías, pensaba que le amabas tanto como él a ti. Confiaba en todo lo que le dijiste. Pensaba que sería algo que duraría para siempre.

-Para… Por favor… - Hablo Lia con voz baja mirando esta vez al suelo. – Por favor no sigas.

-¿Qué pare? ¿Acaso le dijiste que pararan a ellos mientras le degollaban? – Comenzó a aparecer un gran corte en su garganta por el que chorreaba sangre.

-¡Por favor! – Grito escupiendo y dejando ver unos ojos colorados de tanto llorar. Ya no le quedaban lágrimas.

-¿Por favor? – Dijeron todos a la vez. - ¿Te paraste a ayudarnos cuando te gritamos pidiendo ayuda? ¿Acaso no te lo pedimos por favor? Pero no te paraste a ayudarnos. No dejaste de correr.

-¡Para! – Grito con voz seca echando su cuerpo hacia delante y ambos brazos hacia atrás creando dos grandes esferas de fuego en cada una de ellas. En cuanto alcanzaron el tamaño de una cabeza se echo hacia atrás adelantando ambas manos y juntando las dos esferas para crear una aun mas grande que fue absorbida por su cuerpo. Los ojos de Lia desprendían fuego, un fuego de odio, de rabia contenida que en estos momentos estaba siendo expulsada. Todo su cuerpo se envolvió en un mar de llamas que quemaron el suelo a su alrededor. Tosar y yo tuvimos que alejarnos varios metros de ella. Estaba fuera de sí.

-¡Acabare contigo! – Grito con una extraña voz que no parecía pertenecer a una chica de su edad. Dio un paso hacia delante y las proyecciones del Vado se evaporaron en cenizas.

Frente a nosotros se apareció una enorme bestia. De grandes ojos celestes sobre una gigantesca cabeza dotada de dientes tan grandes como un hombre y de un cuerpo tan alto como el castillo de Neila.

-Veo que he despertado algo inesperado. – Hablo la bestia.

-¡Lia detente! – Le grite al ver al Vado.

-No te escuchara, es inútil que grites. Esta muy inmersa en el estado que ves. Ya no es la Lia que recuerdas, ahora no es más que un alma llena de furia que destruirá todo cuanto se cruce a su paso.

-¡Lia! – Grite ignorando las palabras del Vado. - ¡Frizt haz algo!

-Esto se escapa de mi control – Me respondió Frizt. – Sabía que había ira en su corazón, pero nunca imagine que fuera tanta. Tantos remordimientos…

-¡Tenemos que detenerla! – Le grite a Tosar antes de empezar a correr contra ella. Al acercarme salte para derribarla, pero algo me empujo de vuelta hacia donde estaba antes haciéndome rodar por el suelo. – ¡Lia! – Insistí.

Lia comenzó a decir una serie de palabras desconocidas y de su cuerpo salió una enorme llamarada hacia el Vado, quien se defendió lanzando un contraataque desde su boca.
En cuanto ambos ataques hicieron contacto un sordo sonido nos golpeo acompañado de una onda de choque que nos lanzo varios metros hacia atrás.
No se qué clase de poder había despertado en Lia, pero si el Vado poseía el poder de un dios y no conseguía hacerla retroceder me hacía pensar que no era un simple enfado.

-¡¿Así es como quieres que acabe todo?! ¡Pensaba que te habías unido a nosotros abandonando tu solitario camino para poder cambiar todo esto y volver a la normalidad! – Le grite.

-Le traicione… los abandone a todos, no tengo derecho a seguir. – Dijo con la misma voz de antes, esa ya no era ella, pero no podía rendirme.

-¡Si tanto te quería, lo más importante para él era tu seguridad! ¡Y dio su vida para salvarte, para dejarte estar donde estas en estos momentos! ¡El no querría que tiraras la vida que te dio tan fácilmente!

Lia parpadeo un segundo y el ataque del Vado avanzo varios metros ganando ventaja.

-¡No habíamos venido aquí a pelear contra el Vado, si no a salvar a los soldados, recuérdalo! ¡Nosotros te necesitamos, eres ya parte de nosotros! ¡Por favor, detén esto!

El cuerpo de Lia se paralizo deteniendo aquel ataque mientras la llamarada del Vado la consumía dejando ver como una lágrima se evaporaba en sus ojos.

-¡Noooo! – Corrí hacia ella cuando Tosar me detuvo.

-No puedes acercarte ahí, morirías. – Me decía mientras intentaba llegar con mis manos. En cuanto me quede sin fuerzas para seguir y comprendí todo, mire al Vado con odio. El me devolvió la mirada y sonrió.

En donde se encontraba Lia había ahora un fuego que no parecía consumirse, un fuego que comenzó a girar en si mismo creando un fuerte torbellino que acabo dando forma de niña. Era Lia. Ella ser acerco a mi lentamente y se agacho para decirme unas palabras al oído. En ese momento no entendí su significado, pero pronto lo conocería.

-Has conseguido salvarla de su abismo de ira y rabia. No pensé que fueras capaz de hacer algo así como salvar a alguien sin esperanzas en este mundo tan oscuro.- Me dijo el Vado.

-Siempre hay esperanza, por muy pequeña que sea, siempre la hay. – Respondí aun asombrado de ver a Lia con vida.

-Cambiando de tema, creo haber oído que venían a salvar a los soldados. Creo entender que se trata de los que llegaron antes.

-Si, pero ya no importa ¿Verdad? Están todos muertos

-¿Muertos? ¿Por qué iban a morir? Ninguno de ellos sabia el por qué estaban aquí. Solo unos pocos venían a darme muerte y son aquellos a los que has visto convertidos en carbón. Todos los demás fueron enviados de vuelta a su castillo. Supongo que te servirán para la batalla que buscas contras los demonios.

-Tú también podrías ayudarnos, todo seria más fácil si estuvieras de nuestro lado. – Le dijo Tosar.

-Ja, Ayudar dices. Lo siento pero paso. Ya he roto muchas reglas al hacer todo esto y no quiero desaparecer. Por mucho que ya no viva junto al resto de dioses no hace que las reglas se rompan para mí.
Es más, ya vienen, así que será mejor que no estén por aquí. – Termino hablando cuando nos encontramos frente a las cajas en donde vimos a aquel hombre en Ymedaca.

No adentramos en las catacumbas y vimos a todos los soldados. Nos sorprendimos al ver que era todo un ejército y más aun al ver como la gran mayoría decidieron acompañarnos en nuestro viaje. Aun queda esperanza en este mundo para nosotros.